¿Qué pasaría si en comercios y espacios públicos solo sonara música costarricense?
22 de abril de 2026¿Y si por un día solo sonara música costarricense?
Desde hace varias semanas, cada vez que visito espacios comerciales o públicos, he comenzado a prestar atención a la música que suena de fondo. En tiendas como Zara, H&M o Stradivarius es habitual escuchar música pop en inglés, casi siempre a un volumen que hace imposible ignorarla. Sin darnos cuenta, el ritmo nos atrapa y, al poco tiempo, terminamos tarareando canciones que incluso escuchamos por primera vez ese día.
Mientras recorría una de esas tiendas, me pregunté qué ocurriría si, en lugar de esa música internacional, sonaran canciones de artistas costarricenses ¿Qué pasaría si en comercios, bares, restaurantes, hoteles y otros espacios públicos se programara con mayor frecuencia música nacional?
Probablemente sucedería lo mismo que ocurre con cualquier éxito musical: la repetición haría que esas canciones se volvieran familiares, que las personas las cantaran, las buscaran y las incorporaran a su vida cotidiana. Al fin y al cabo, todos hemos experimentado ese momento en que una melodía permanece en nuestra cabeza durante horas, aunque ni siquiera sea nuestra favorita.
Si la música costarricense estuviera más presente en los espacios que habitamos, también crecería el interés del público por escucharla. Y cuando existe una demanda real, los medios de comunicación, las plataformas y las emisoras de radio difícilmente pueden ignorarla.
Sin embargo, pareciera que aún persiste una idea profundamente arraigada: que lo nacional no tiene el mismo atractivo que lo extranjero. Es un temor que nos lleva, muchas veces, a invisibilizar nuestra propia identidad cultural, como si nuestras canciones estuvieran destinadas a ocupar siempre un segundo plano frente a la oferta internacional que consumimos diariamente.
Pero la realidad demuestra otra cosa. He asistido a festivales como Transitarte y el Festival Nacional de las Artes, donde la música costarricense ocupa un lugar protagónico, y he visto plazas llenas de personas cantando, bailando y disfrutando del talento de nuestras y nuestros artistas. Esos espacios evidencian que sí existe un público dispuesto a escuchar nuestra música cuando tiene la oportunidad de encontrarla.
Por eso vale la pena plantearnos una pregunta sencilla: ¿qué pasaría si durante unos tres días los comercios, restaurantes, hoteles y demás espacios públicos programaran únicamente música costarricense? No como una imposición, sino como un experimento cultural que nos permitiera redescubrir el enorme talento que existe en el país.
Quizá descubriríamos nuevas voces, nuevas historias y nuevos sonidos. Quizá terminaríamos cantando una canción costarricense sin siquiera darnos cuenta. Y, tal vez, comprenderíamos que fortalecer nuestra identidad cultural no depende únicamente de quienes crean la música, sino también de quienes decidimos escucharla y de quienes tienen el poder de programarla.
Porque la música que llena nuestros espacios también construye la forma en que nos reconocemos como sociedad. Darle más lugar a la música costarricense no significa cerrar las puertas al mundo; significa abrirle un espacio a nuestra propia voz.